viernes, 10 de abril de 2020

HOMILÍA VIERNES SANTO 10 ABRIL 2020.




ANTE LAS PANDEMIAS Y EPIDEMIAS, UNA IGLESIA CIRINEA Y SAMARITANA

(Jn 18, 1 – 19, 42)


Hermanas y hermanos en nuestra fe católica.

1. Ante tanto ruido: Silencio y postración sobre la tierra.

Hemos comenzado la celebración con dos signos altamente significativos: El silencio y la postración sobre la tierra.
El silencio es el generador de un lenguaje nuevo, el silencio es la palabra misma, que para ser más clara y más fuerte recurre al silencio.
La postración sobre la tierra es uno de los signos más impresionantes en la liturgia del Viernes Santo. Así, volvemos a recordar el signo y las palabras con el que empezamos la Cuaresma: Inclinamos la cabeza y escuchamos, “Acuérdate que eres polvo y al polvo haz de volver”.
Ante la terrible tentación de querer ser como dioses, necesitamos una y otra vez inclinarnos y mirar la tierra, postrarnos sobre ella y sentirnos “polvo amado por Dios”. ...Y en ese silencioso coloquio, mirar al crucificado y discernir la voluntad de Dios. Fue de esta manera como Abraham cayó rostro en tierra y escuchó a Dios (Cfr. Gn 17, 3), como los hermanos de José “se inclinaron rostro en tierra” para mostrarle respeto y pedirle perdón (Gn 42, 6; 43, 26 – 28; 44, 14). Como Moisés cayó en tierra de rodillas y se postró ante el Dios de la Alianza (Cfr. Ex 34, 8). Así fue también como oró Jesús en el Huerto de Getsemaní. Dice la Santa Escritura: “Postrándose hasta tocar la tierra con su cara oró así: Padre si es posible que pase de mí este cáliz pero que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26, 39). Aquí hay un secreto hermanas y hermanos, orar postrados y en silencio, es como mejor podemos aprender a hacer la voluntad de Dios.




2. Ante pandemias y epidemias: Cirineos y samaritanos.


A mi modo de ver, en este tiempo marcado por tanto sufrimiento, Dios nos está pidiendo que guardemos silencio y nos postremos para discernir y saber qué hacer y cómo hacer su voluntad.
Hoy al conmemorar la pasión de Cristo en esta situación tan lamentable que estamos viviendo en nuestro país, Dios nos invita a guardar silencio, a postrarnos sobre la tierra y a discernir la manera de actualizar hoy la energía poderosa de su Palabra, siempre productora de alegría, de esperanza, de luz y de fuerza transformadora. Ciertamente estamos espantados y agobiados por la pandemia Covid-19, que hasta hoy, con datos oficiales registra 3,441 contagiados y 194 difuntos (teniendo en cuenta que lo oficial no es precisamente lo real). Pero al espanto y al agobio por esta causa, se juntan en nuestra patria la epidemia del sarampión, la epidemia de la influenza H1N1, y lo que podríamos llamar, la pandemia nacional de la corrupción y la violencia que ha llegado a ser entre nosotros, parte de la vida o mejor dicho parte de la muerte que padecemos todos los días.
Sólo en los últimos trece meses se registraron 5,184 desaparecidos, y de enero a diciembre de 2019 el gobierno reportó 34,182 asesinados.
Así, en medio de estas y otras epidemias, nuestra fe nos dice que hay que mirar y escuchar al Crucificado: Desde allí, Él nos dice: “tengo sed” (Jn 19, 28). “Arrepiéntanse y crean en el evangelio” (Mc 1, 15). “El Reino de Dios está cerca” (Mt 4, 17). El amor es más fuerte que la muerte. “Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10). Y desde allí también desde la cruz nos dice con urgencia, que ante esta situación necesita Cirineos que le ayuden a cargar la cruz, y buenos Samaritanos que se bajen del caballo y auxilien a su hermano que ha sido golpeado, herido, y dejado medio muerto.



3. La Cruz es el mejor lugar para descubrir la verdadera imagen de Dios.


En la cruz Dios se revela a sí mismo en su realidad más íntima y más verdadera. “Dios es amor” (1 Jn 4, 10). Dice la Santa Escritura: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1); “¡Así amó Dios al mundo! Le dio a su Hijo Único, para que quien cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).
Todo esto se manifestó desde la cruz y fueron los soldados entre tantos, quienes viendo el terremoto y las cosas que sucedían, se asustaron mucho, e hicieron esta profesión de fe: “En verdad éste era Hijo de Dios” (Mt 27, 54). ¿Qué significa esta afirmación? ¿Cuál es pues el verdadero rostro de Dios? Sobre estas preguntas podemos encontrar mil respuestas, yo sencillamente les recomiendo guardar silencio y postrarse en la tierra. Les recomiendo escuchar y encontrar la respuesta en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Allí encontraremos los rasgos principales del rostro de Dios. Porque la cruz es la cátedra suprema, donde Dios se identifica a sí mismo y desde ahí se genera el hombre nuevo, y el mundo nuevo para la nueva humanidad que Jesucristo soñó y vino a iniciar entre nosotros. Nos hará mucho bien mirar en silencio al Crucificado, contemplarlo abierto de brazos para no excluir a nadie ni señalar a nadie con el dedo; no apantallando con su gloria, sino dejándose desnudar por nosotros; no amando con palabras, sino dando la vida en silencio y amándonos hasta el extremo, no porque seamos cumplidores y buenos, sino sencillamente porque somos hijos Dios.
En esta cuarentena podremos encontrar tiempo para mirar al Crucificado, para abrir el Evangelio, ser solidarios y caritativos, y así refundamentar la familia como la Iglesia en la casa.

Que San Juan y la Santísima Virgen nos enseñen a vivir la Pasión y la Resurrección.
Nos encomendamos a Jesucristo el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas. Que así sea.


+ Fidencio López Plaza.
Obispo de San Andrés Tuxtla - Veracruz.


No hay comentarios:

Publicar un comentario