viernes, 2 de septiembre de 2016

LA VIDA CRISTIANA, VIDA DE RENUNCIA, REFLEXION DOMINICAL 4 DE SEPTIEMBRE 2016




PEQUEREFLEXIONES
XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
4 DE SEPTIEMBRE DE 2016
CICLO C
PBRO. TEODULO MORALES
LA VIDA CRISTIANA, VIDA DE RENUNCIA
Del Santo Evangelio según San Lucas 14, 25-33
En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, así mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Porque, ¿Quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con que terminarla? No sea que, después de haber echado  los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ´Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar´. ¿O que rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra el con veinte mil? Porque si no, cuando el otro este aún lejos, le enviara una embajada para proponerle las condiciones de paz.                 Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesus. 

¿Y A QUIEN LE GUSTA RENUNCIAR?

La conversión de Clara hacia la vida de plena santidad se efectuó al oír un sermón de San Francisco de Asís. En 1210, cuando ella tenía 18 años, San Francisco predicó en la catedral de Asís los sermones de cuaresma e insistió en que para tener plena libertad para seguir a Jesucristo hay que librarse de las riquezas y bienes materiales. Al oír las palabras: "este es el tiempo favorable... es el momento... ha llegado el tiempo de dirigirme hacia El que me habla al corazón desde hace tiempo... es el tiempo de optar, de escoger..", sintió una gran confirmación de todo lo que venía experimentando en su interior. Durante todo el día y la noche, meditó en aquellas palabras que habían calado lo más profundo de su corazón. Tomó esa misma noche la decisión de comunicárselo a Francisco y de no dejar que ningún obstáculo la detuviera en responder al llamado del Señor, depositando en El toda su fuerza y entereza. Cuando su corazón comprendió la amargura, el odio, la enemistad y la codicia que movía a los hombres a la guerra comprendió que esta forma de vida eran como la espada afilada que un día traspasó el corazón de Jesús. No quiso tener nada que ver con eso, no quiso otro señor mas que el que dio la vida por todos, aquel que se entrega pobremente en la Eucaristía para alimentarnos diariamente. El que en la oscuridad es la Luz y que todo lo cambia y todo lo puede, aquel que es puro Amor. Renace en ella un ardiente amor y un deseo de entregarse a Dios de una manera total y radical.

Cuando San Francisco de Asís tenía unos 20 años, estalló la discordia entre las ciudades de Perugia y Asís, y en la guerra, el joven cayó prisionero de los peruginos. La prisión duró un año, y Francisco la soportó alegremente. Sin embargo, cuando recobró la libertad, cayó gravemente enfermo. La enfermedad, en la que el joven probó una vez más su paciencia, fortaleció y maduró su espíritu. Cuando se sintió con fuerzas suficientes, determinó ir a combatir en el ejército de Galterío y Briena, en el sur de Italia. Con ese fin, se compró una costosa armadura y un hermoso manto. Pero un día en que paseaba ataviado con su nuevo atuendo, se topó con un caballero mal vestido que había caído en la pobreza; movido a compasión ante aquel infortunio, Francisco cambió sus ricos vestidos por los del caballero pobre. Esa noche vio en sueños un espléndido palacio con salas colmadas de armas, sobre las cuales se hallaba grabado el signo de la cruz y le pareció oír una voz que le decía que esas armas le pertenecían a él y a sus soldados.  Francisco partió a Apulia con el alma ligera y la seguridad de triunfar, pero nunca llegó al frente de batalla. En Espoleto, ciudad del camino de Asís a Roma, cayó nuevamente enfermo y, durante la enfermedad, oyó una voz celestial que le exhortaba a "servir al amo y no al siervo". El joven obedeció. Al principio volvió a su antigua vida, aunque tomándola menos a la ligera. La gente, al verle ensimismado, le decían que estaba enamorado. "Sí", replicaba Francisco, "voy a casarme con una joven más bella y más noble que todas las que conocéis". Poco a poco, con mucha oración, fue concibiendo el deseo de vender todos sus bienes y comprar la perla preciosa de la que habla el Evangelio. Fue entonces que renuncio a todo y emprendió su vida de santidad.

A través de la poderosa intercesión de su madre Santa Mónica, la gracia triunfó en la vida de San Agustín. El mismo comenzó a asistir y a ser profundamente impactado por los sermones de San Ambrosio en el Cristianismo. Asimismo, leyó la historia de la conversión de un gran orador pagano, además de leer las epístolas de San Pablo, lo cual tuvo un gran efecto en el para orientar su corazón hacia la verdad de la fe Católica. Durante un largo tiempo, San Agustín deseó ser puro, pero el mismo le manifestó a Dios, “Hazme puro … pero aún no” (Confesiones, Capítulo 8).  Un día cuando San Agustín estaba en el jardín orando a Dios para que lo ayudara con la pureza, escuchó la voz de un niño cantándole: “Toma y lee; toma y lee” (Confesiones, Capítulo 8). Con ello, el se sintió inspirado a abrir su Biblia al azar, y leyó lo primero que llego a su vista. San Agustín leyó las palabras de la carta de San Pablo a los Romanos capítulo 13:13-14:  “nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos … revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias.” Este acontecimiento marcó su vida, y a partir de ese momento en adelante el estuvo firme en su resolución y pudo permanecer casto por el resto de su vida. Esto sucedió en el año 386. Al año siguiente, 387, San Agustín fue bautizado en la fe Católica. Poco después de su bautismo, su madre cayó muy enferma y falleció poco después de cumplir 56 años, cuando San Agustín tenía 33. Ella le manifestó a su hijo que no se preocupara acerca del lugar en donde sería enterrada, sino que solo la recordara siempre que acudiera al altar de Dios. Estas fueron unas palabras preciosas evocadas desde el corazón de una madre que tenía una profunda fe y convicción. 

La vida de estos tres santos de la Iglesia, nos recuerda el evangelio de hoy que nos dice: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, así mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”. La vida cristiana es una vida de renuncia, de sinsabores, de sufrimientos, y, por lo tanto, hay que renunciar a las cosas del mundo, la comodidad, el bienestar, el confort. 

Así que, queridos jóvenes, ¡renuncia! Renuncia a ese novio, a esa persona que te presiona para que abortes a tu hijo que aunque no deseado pero no deja de ser tu hijo. Renuncia a ese dinero que aunque te hace falta, sabes que viene de negocios “chuecos”. Renuncia a la persona “esa” con la que tienes una relación y que sabes que es una relación que no te conviene, sino que te daña porque tarde o temprano terminará mal. 

Renuncia a ese empleo que, aunque lo necesitas, sabes que no te conviene porque te lo darán a cambio de “ciertas cositas”. Renuncia al éxito político que te propone condiciones solo de beneficios para ti y no a tu pueblo porque lo dejarán mas en la opresión y el pueblo ya está demasiado oprimido. Renuncia al bienestar económico que resultar en perjuicio de la salud de jóvenes que están entrando a la vida reciente con sus problemas. Renuncia a tus propios placeres porque sabes que es violar los mandamientos de Dios. Renuncia a la chuchería esa que te quieres comprar, pues sabes que ese dinero te hace falta para cosas más importantes como tus hijos, tus estudios, etc. Renuncia a tus deseos de irte y dejar a tu familia, pues sabes que aunque el dinero es importantes es más importante tu FAMILIA. Renuncia al mezquino placer de satisfacerte sólo a ti a consta de la desdicha de otros o de otras. Hermanos RENUCIA SI LA RENUNCIA TE LLEVA a la FELICIDAD verdadera que es la vida con Jesús. Que así sea.

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